Nylon, fideos de arroz y lo que nunca quise ser, una estrella del rock.


Blog

El caso es que como no suceden cosas más graves en el mundo, no me queda más remedio que hablar de frivolidades, y no hay frivolidad más frívola que hablar de mi última visita al peluquero. Pero empiezo por los antecedentes para que toméis conciencia del pedigrí que tiene mi pelo.

Cuando vivía en Barcelona la única peluquería donde sabían cortar un pelo lacio y espeso como el mío, no era en Llongueras, ni en Rizo’s, era en las peluquerías chinas prostibularias del Eixample. Allí dónde en la parte de atrás el marido iba a hacerse un “masaje” mientras su mujer e hijos se cortaban las melenas. Digamos que la peluquería era el recibidor y el verdadero negocio estaba detrás. Me cortaban bien el pelo porque lo tengo como una china. Yo me iba contenta y ellos también, porque les hacía de figurante para que los Mossos d’Esquadra no sospecharan de como una peluquería, regida por chinos en medio del Eixample y sin ningún cliente a la vista de manera repetitiva, podía abrir todos los días sin que el dinero saliese de las felaciones a los pobres padres de familia que ya no se veían los dedos de los pies.

Hasta entonces nunca había tenido animadversión hacía el oficio de peluquero y mucho menos aun por una raza determinada. Digo yo que para hacer aerobic con los dedos, el color de la piel y la cultura no son relevantes. Además, tampoco pido nunca que me hagan un peinado asimétrico bidireccional con mechas moradas y caoba, yo solo quiero que me peguen dos tajos y dejar de pillarme el pelo con las cremalleras.

Tengo que decir que me corto el pelo a los sumo dos veces al año, y que siempre saco la misma foto del Franck Provost en su línea de básicos para tener alguna garantía del contrato verbal que vamos a jurar mirándonos a los ojos.

Un día de verano se me ocurrió impulsivamente darme algunos reflejos solares para luchar contra la depresión que el cielo gris de París me provoca allá por el mes de julio, cuando todo el mundo empieza a publicar sus fotos en las redes sociales con la marca de uno e incluso dos bikinis. Pero aquellos reflejos estaban a punto de convertirme en una proscrita pelirroja de bote y era necesaria la intervención urgente de un profesional. Después de recorrerme todo Ménilmontant y Belleville para que alguien me auxiliara en mi urgencia capilar un sábado, resultó que en cada una de las peluquerías en las que entraba me miraban con cara de “Tú todavía no te has dado cuenta de que los sábados por la tarde hay muchas bodas étnicas en tu barrio ¿verdad?” una y otra vez. Así que cuando estaba casi tirando la toalla a la papelera levanté la vista y vi un letrero muy moderno en el que se podía leer: “Technic Hair”. El nombre parecía sofisticado, quizás había una solución. Me acerqué y tres negratas orondas me dieron la bienvenida (no hay rencor en la descripción, os lo juro). Muy natural, le expliqué a la que parecía ser la más profesional, si podía quitarme el zanahorio de la parte delantera de mis cabellos. Me dijo que sí, sin problema. Le subrayé que sólo quería reflejos naturales y que no quería ver una separación antiestética entre pelo rubio y pelo moreno. Asintió con la cabeza como alguien que sabe lo que es capaz de hacer. Comenzó a echarme el decolorante y como era de esperar, se puso a rajar con una de las chascarrilleras que tenía al lado. Sentí que me había echado un decolorante para caballos y aquello comenzaba a oler mal, muy mal.

⎯ ¿Perdone, no cree que las mechas están muy blancas? ¿Me las puede quitar por favor?⎯ Le dije.

⎯ Uy sí, pero espera porque hasta que no termine el otro lado no te puedo quitar nada eh?⎯ me dijo.

⎯ Ya, pero el problema es que me va usted a quemar el pelo, me importa bien poco el tono de rubio del otro lado si por este me va a dejar calva⎯ le dije un poco cabreada.

⎯ Vale, vale hija, ya te lo quito, ya te lo quito⎯ .

Me llevó sin mucha prisa al lavabo de cabezas, me quitó la toalla y aspiró aire como quién ve dos hindúes recién nacidos siameses y unicejos.

⎯¿Ha ido bien?⎯ le pregunté

⎯ Uy, sí sí, estupendo ahora te seco la cabeza en el casco secapelos y ¡listo!⎯

⎯No, no, déjelo, ya me seco el pelo en casa, que tengo prisa sabe, tengo una cena⎯ le dije.

⎯No, no, no, te seco el pelo yo, de ninguna manera te vas a ir a secarte el pelo a casa con el frío que hace⎯ me dijo insistentemente.

⎯Que no se preocupe, vivo en el portal de enfrente de verdad⎯ dije levantándome del lavacabezas.

A medida que iba acercándome al espejo veía como sus nalgas se constreñían. Cuando me quité la toalla pegué un grito. Una mecha de fideos de arroz colgaba de mi frente, el resto entre platino Daenerys Targaryen y amarillo Leticia Sabater.

Le recriminé su falta de profesionalidad y me espetó un ⎯ Esto es lo que me habías pedido⎯. En ese momento me arrepentí de no tener la foto Franck Provost como garantía y la amenacé con denunciarla por haber convertido mi pelo en hilos de nylon con huevos revueltos. Le dije que no sabía lo que había hecho, pero que era muy gordo y que no pensaba pagarle un duro. Ella porfió que era lo que yo le había pedido. Le volví a contestar que y una mierda, que yo no le pedí hacerme un código de barras en la cabeza y que de verdad, no se imaginaba cuanto la había cagado.

Una conversación de bacalaos no podía terminar de otra manera que a gritos de pescadero, así que cogí mis cosas y me fui.

Ahora todas las mañanas paso por su peluquería, me pego al escaparate y la acojono, porque me mira a los ojos y en vez de pupilas ve cócteles molotov.

A mi Lupita Cagona

El Ipod intrínseco que nos acompaña.


DSC_2648v2

El calor inhabitual nos obliga a abrir las ventanas y nuestro registro musical cotidiano cambia por completo. Digamos que cada día nuestros oídos están conectados a un mp3 que reproduce un disco con la opción « Repeat all », así, el clac de la puerta, la cisterna del váter, el calentador de agua, la cafetera, el « pop » de la nevera, los buenos días, el beso, el grifo, la radio y el « ¡mierda! ¡me he olvidado el casco! » o « ¡mierda llego tarde! » componen nuestra banda sonora matutina que se repite en bucle, sin cese, como en EL día de la Marmota. Hasta que cambiamos el disco y ponemos el de las vacaciones, también en modo « Repeat all »; el crujir de las sábanas con la piel cuando nos protegemos del fresco del alba, el beso somnoliento, el crujir de las sábanas, la respiración, la sonrisa, los latidos del corazón en Dolby surround, el mar y su brisa, y otra vez, la sonrisa…

Me voy de vacaciones ¿Se nota?

Dadle al PLAY!!  Birds&Batteries-Let the door swing

¡Feliz Agosto!

Mejor soñar que vivir.


La-Buena-New-York

Siguiendo con la rutina de no tener rutina, estoy intentando aprovechar cualquier momento en el que se aúnan los diferentes elementos que hacen de una situación, idónea para consagrarla a realizar una tarea en concreto. Entre otras, limpiar la parte trasera de los radiadores, poner lavadoras, pasar el plumero por los recónditos sitios de nuestro apartamento y hacer cupcakes con el ánimo de encarnar a aquella mujer que aparecía en los carteles publicitarios de los años 50. Años en los que Moulinex decía haber liberado a la mujer con su oferta de electrodomésticos. También doy paseos en bici recorriendo las paradas de metro por las que, cuando mi estatus de proletaria, pasaba sin bajarme. Esto me hace llegar bastante cansada y soñar cosas como las que vienen a continuación:

Estoy echando una siesta apacible en lo alto de una colina, hecha una croqueta culo en pompa incluido, sobre una manto de césped bien entretenido con su verde Plastidecor y sus margaritas de estambres amarillos. Me despierto poco a poco abriendo el rabillo del ojo, pero con mi cuerpo todavía dominado por el sueño y dejándome llevar por este estado ebrio de quiero y no puedo en el que la impotencia nunca me había hecho sentir tan bien. Legaña del ojo izquierdo fuera, legaña del ojo derecho en paradero desconocido. Me levanto sobre mis manos, siempre con el culo en pompa, elevo la vista hacía la derecha sabiendo que he soñado algo bonito pero sin acordarme de qué. Esto me da una risa tonta retrasando que me percate de la inmensa torre de alta tensión que se erige ante mi.

—¡Hostia! No sé cómo no me ha salido un tercer ojo durante la siesta con tanto campo electromagnético—dije al tiempo que me sacudía los pantalones— . ¡Aaaaaaaa chús! Uy qué cosa más rara. Juraría que cuando estornudo nunca veo nada porque cierro los ojos del espasmo, pero esta vez he visto un perro corriendo entre las patas de la torre mientras lo hacía —quise reflexionar sobre esto rascándome la frente, pero me metí el dedo en el ojo.

El tercer ojo estaba aquí, había brotado en mi frente como me temía.

Me giré dando la espalda a la torre que me había convertido en trividente y me encontré con un paisaje epustuflante (no lo busquéis en  el diccionario):

Una calle empinadísima de Nueva York, diría que perteneciente a una ilustración Art Déco de mediados del siglo XX, descendía en forma de río hacía el mar. Con sus Rolls-Royce aparcados a ambos lados de la acera, en la puerta de una fila de casas de colores que marcaban el comienzo de una calle abocada a un conglomerado de gigantescos y alargados rascacielos. Es el atardecer, bueno, en realidad es el anochecer. Los tonos violetas y anaranjados del cielo se funden con la luz también incandescente de las bombillas eléctricas. Sólo los rascacielos y los coches están en blanco y negro. Me quedo varios minutos observando el cambio de traje de la ciudad diciéndome —tengo que poner esto en Instagram —sin dejar de suspirar. Unas mujeres con femeninos vestidos hablando de sus cosas y riendo y unos niños correteando alrededor del señor de los helados al ritmo de la música, crean un ambiente elegante y divertido a la vez. El aire salado y húmedo que respiro trae esa felicidad exquisita a mi ánimo. Sonrío otra vez. Es la hora de cenar de una tarde de verano.

Una antigua Volkswagen Caravelle  de color verde pistacho sube como una bala la cuesta en cuya cima me encuentro, emitiendo nubes de monóxido de carbono delineadas a Rotring. Haciendo un trompo, frena y aparca delante de mi. En su lateral están escritas las siglas “NYGD” y debajo en pequeñito “New York Gardening Department”.

Se abre la puerta y no sale nadie. De pronto veo unos piececillos pegados a dos  cuerpos rechonchos e idénticos que me gritan con entusiasmo mientras avanzan hacia mi a la par:

—¡Letty! ¿Hace mucho que esperas?

—No, no, qué va, me acabo de levantar de la siesta.

—Ah genial, no estábamos seguros de cuánto tardarías en venir desde tu lavadora, como es de carga superior y no frontal, pensamos que quizás llevaría más tiempo coger impulso y pasar al otro lado.

—No, no, creo que unos noventa minutos ¡Cómo todas!

—Genial, pues sube a la furgoneta, que el tío Gilito nos está esperando para cenar.

—¿Qué tal está el tío Gilito? ¿en qué negocios anda ahora?

—Bien, bien, como siempre, ahora está en esto de los microcréditos ¿sabes? para ayudar a gente pobre a prosperar.

—Ah! Sí? Pues ya me parece raro que no tenga truco esto de los microcréditos viniendo de él.

—Bueno, cómo todo, tu ya me entiendes, nada es lo que parece—dijo con resignación—. …en fin…hay tortilla de patatas para cenar, con ensalada, choricitos y zumo de naranja natural ¿te gusta?

—¡Me encanta! oye, una cosa, ¿podríais decirme cómo volver a este sitio?, es que me gusta mucho, quiero hacerle una foto para subirla a Instagram y he olvidado mi móvil.

—No te preocupes, puedes venir mañana. Te dejamos la camioneta y te vienes. La guardia les toca a los Smiths así que nadie te molestará por la radio. Si te para la poli, les dices que trabajas con nosotros en la “New York Gardening Department” en la sección de “Urgencias Vegetales” y que vas a cubrir una urgencia en lo alto de la colina, que una buganvilla está intentando suicidarse haciendo caer sus flores y que tienes que subir a impedírselo inmediatamente.

—¡Vale! Seguro que con lo estresada que estoy ya,  parezco creíble. Vendré sobre esta hora, a ver si encuentro otras dimensiones que descubrir en el reflejo de los cristales de los edificios.

—Buena idea, si necesitas algo nos llamas.

                                        FIN

Después me desperté, pensando en el increíble paisaje que había visto, le conté al hombre con el que vivo en concubinato todo lo que me había pasado durante mi viaje interestelar entre dos mundos a través de nuestra lavadora de carga superior. Cómo siempre me dijo —Si Freud estuviera vivo, no creo que le encontrara sentido a tus sueños —mientras se partía de risa—aunque en el fondo, eso me mola.

Luego me levanté torpemente, me preparé el desayuno y abrí el canal de noticias para ver la última edición en diferido. Leyendo un titular del día me dieron ganas de volverme a meterme en la cama para seguir vagando por universos imaginarios:

Un neo-nazi de origen gaditano y criado en Francia, había asesinado a un antifascista francés en una venta privada de Fred Perry en París.

Efectivamente, la realidad supera la ficción en términos de sinsentido.

En mis sueños me siento como un pequinés en Pekín.

En la sociedad actual no soy más que una ingenua que se pregunta por qué tiene que dejarse seducir por el bombardeo indiscriminado de anuncios de lencería de baño, si este año no habrá verano.

Hasta en la vajilla inglesa crecen brotes verdes.


brotes verdes

Es domingo, me he comido un bote de pepinillos en vinagre al estragón, una bolsa de Tyrells sea salt&cider vinegar, y una ensalada con la vinagreta más avinagrada de mi histórico de vinagretas. Me he quemado el esófago, la lengua y las encías. Desde hace semanas pido limón en los restaurantes a dónde vamos a cenar para aderezar hasta el pan. Tampoco puedo resistirme a los trozos de limón de las coca-colas, los saco disimuladamente del vaso, le pego un bocado a los minúsculos triangulitos que forman sus jugosos gajos cuando son amputados por el camarero para convertirlo en guirnaldas de refresco, y finalmente, vuelvo a meter la cáscara como si no hubiese pasado nada. Todo un misterio. Ni siquiera Internet, donde puedes encontrar todos los síntomas de tu cáncer imaginario, puede diagnosticar el por qué de esta obsesión por el ácido. Será para contrarrestar los efectos de la hipertensión juvenil que me produce estar en el paro. El caso es que por primera vez,  he tenido que hacer la cola ante una oficina de la Inseguridad Social, como todos los que veo en las noticias de La2. Hace unas semanas mi empresa decidió hacer un ERE encubierto basado en las incompatibilidades personales de los jefes con sus equipos. Y, ¡Bingo!, yo me llevaba fatal con mi jefa y fui la última en llegar, así que cuando la dirección le dijo que redujera un 15% la plantilla sin que nadie lo notase, me eligió a mi (a todo esto, pues si que he engordado para ocupar el 15% de la plantilla no? hubiera preferido ser un 1%)

Al principio me decía, a ver, esto es mera política, y además yo me quería pirar casi desde que llegué. Serán un poco duros los primeros días y tal pero bueno, siempre tengo miles de planes; dormir 2 horas más, ver 3 capítulos de Game of Thrones rozando la madrugada o rebatir los argumentos religiosos de los Testigos de Jehová que pretenden enrolarme por la calle, así que no me voy a preocupar ahora. Pero luego me di cuenta de que había sido una elegida. La lotería del tiempo me había tocado a mi, también la de la paz auditiva, visual y olfativa. Ya no tendría que oír las estúpidas carcajadas de Hilary Banks detrás de un armario en ese soso open space, ni los pedos que pretendían ser disimulados con el crujir de una silla nueva, ni ver a mi jefe cepillándose los dientes en su mesa o el bigote ondulante que me desafiaba cuando hablaba con unA compañerA. Adiós al aliento nicotinoso-sarrolítico que me obligaba a hacerle la cobra a más de uno cuando me hacían preguntas a las que yo respondía —Lo siento, ye ne parlé pas fransé, ye ne sé pas, pregunta a otro—y directa al baño con nauseas.

Sólo con esto sentía que dios me había escuchado, el dios del queso  Philadelphia en el que siempre tuve fe, por fin se había dado cuenta de que yo no tenía el coraje para salir de ahí y que había que sacarme a rastras, bueno, seamos honestos, a rastras con un cheque delante, claro.

Ahora he perdido la consciencia del tiempo, puedo mirar una silla durante 20 minutos sin pensar en nada y lo más importante, sin estresarme. También he descubierto el misterio de las cucharillas, sé que se suicidan al vaciar el plato del desayuno en la basura y por eso su índice de población disminuye de manera dramática hasta que compro más. Antes tenía un gran bloque de legañas, dada la prontitud antinatural a la que me levantaba, que me impedía ver lo que resbalaba del plato con las migas y las servilletas de papel. Ahora lo veo todo y puedo frenar el éxodo de cucharillas antes de que sea demasiado tarde.

Me ha dado tiempo a contrastar los papeles de Bárcenas con las cuentas del PP, y he descubierto que nos toman hasta los pelos de las cejas. A esto se suma que mientras aprendo a cocinar, escucho la radio y resulta que tenemos un ex-duque con mucho sentido del humor; hace rimas con la gimnasia de su aparato reproductor y su ex-título nobiliario, pero luego se le olvida borrar los emails donde se declara retrasado mental, al abandonar una empresa. Todo ingenio. El mismo que el de Olvido Hormigos. Es listísima. Con lo pesada que comienza a ser la responsabilidad política para los políticos, ¿qué mejor manera de dejar el cargo sin sufrir un desahucio por impago? Masturbarse en Youtube, si señor!!! Esto se llama un buen plan de recolocación laboral; del sector político al mundo del porno. Es genial.

Y cómo no, de lo que más tiempo tengo es de viajar, bueno, de planificar viajes. Yo planifico un viaje a Tokio pero ejecuto un viaje a Londres. Este fin de semana por cierto,  estuve tomando un té con la reina Isabel después de un día de shopping vintage por Brick Lane, así que para terminar os dejo un extracto de nuestra conversación:

—Hola doña Isabel ¿como está usted? perdone que no me incline, es que soy antimonárquica—le dije al tiempo que le cogía cariñosamente la mano.

—No te preocupes hija, yo tampoco lo hago por la hernia discal, los achaques de la edad, ya sabes, se acabó eso de recoger setas mientras Carlos está de cacería.

—Bueno, pues cuénteme como se encuentra emocionalmente siendo tan venerada.

—Pues un poco harta ¿Sabe? bebo demasiado té Twinings y como mucho Weetabix, me paso el día en el retrete. Menos mal que aprovecho ese momento para que me hagan la pedicura porque sino sería un tiempo completamente improductivo y ya sabes que a esta edad nos queremos sentir activos y no nos gusta que nos mangoneen.

—Entiendo… es cierto, había olvidado aquel contrato de publicidad que firmó con las dos marcas hace ya algunos años…

—Uy si, calle, calle. Fue la época en la que mi índice de popularidad estaba por los suelos por culpa de la zorra de Lady Di y no me quedó otra opción para llegar a la casa de los británicos que meterme de lleno en su desayuno, y mira como lo estoy pagando; con un colon irritable y los dientes marrones de tanta teína, menos mal que son postizos y me los cambian con regularidad.

—Uf no me lo quiero ni imaginar—dije con tono de compasión—. Tiene que ser duro.

—Estoy hasta el gorro de ser reina, yo debería estar en Benidorm con el resto de compatriotas de mi edad y jugar al Tute con una copita de anís al medio día como está mandao. Y no aquí al borde de la momificación sonriendo cada vez que bajo las escaleras de cualquier sitio solo para hacer ver al mundo que soy feliz llevando una corona de 2 kilos en la cabeza al tiempo que controlo la cola de mi vestido los días de viento.

 —Pues lleva  usted razón, si yo fuera usted lo mandaría todo a la mierda y me iría a bailar Marisol a un buen rascacielos al borde de la playa.

 —Eso mismo pienso cada día que me levanto, y creo que pronto llegará el momento en el que la portada de The Sun cambie vuestro mundo y el mío—me dijo con los ojos llenos de entusiasmo—. Bueno hija, le  tengo que dejar, tengo una comida familiar con mis nietos y las putillas con las que se han casado para dilapidar mi herencia y fumar marihuana a tutiplén. Nos vemos la próxima vez que se pase por la puerta del Buckingham palace, hágame una perdida y saldré por la puerta de atrás durante la performance que hacen los guardias para distraer a los turistas.

 —De acuerdo, cuídese! —y se fue torpemente por la ventana del baño.

Cogí el Eurostar y de vuelta a mi ociosa vida de parada.

­­­

Si Jesús Gil levantara la cabeza, estaría muy contento de ver una ciudad “colchonera” más allá de sus fronteras.


Es verano, o eso dice el calendario del proveedor de perchas que tengo en la oficina. La ciudad está vacía. Vacía de Parisinos. Es como dejar de llevar faja. Una vez se han ido, te sientes liberado, ya no tienes que pintarte las uñas del mismo color que los labios, ni poner cara de siesa a los que hacen cola para comprar agua desmineralizada en el supermercado . Las baguettes ahora se llaman barras de pan o pistolas, como tiene que ser, aunque no te entiendan. Tampoco tienes que entrar y salir del baño como si fueras a, o acabaras de desembarazarte de unos Louboutin. Puedes pasear en bici tranquilamente sin camiones de fruta de contrabando aparcados, uy! qué digo aparcados, encajados como una pieza de Tetris en el carril bici.

No es necesario jugar a las sillas musicales para encontrar un sitio libre en una terraza. Oyes cantar a los pocos pájaros que no han hecho huelga por el plan de austeridad climatológica que nos regala esta eterna borrasca. Esa que me obliga a sacar el chubasquero de caperucita, bajo el que escondo mis coloridos y ligeros atuendos de verano. Ya no hay espera en las tiendas en las que siempre se te quitan las ganas de comprar cuando ves los kilómetros que te quedan por recorrer, cargada como los que aguardan en el puerto de Algeciras, para que el cajero te sonría, te diga cínicamente “Bonjour”, te pida marcar educadamente el número secreto de tu tarjeta de socio del Club “Yo También Trabajo Para Un Capitalista, Pero Me Desahogo Comprando”, meta lo que deseas que sea tuyo pero que no es de tu talla en la bolsa , y con una sonrisa igual de cínica que el Bonjour, te diga “Bonne journée madame, Au revoir”. Acto seguido, no sé por qué, siempre tengo un pensamiento grosero no propio del alma cándida que aparento ser: “Bonne journée…¡Los cojones!”. Yo creo que es fruto de mi aflicción.

Un periodo en el que la ciudad saca el disfraz de obrero y para meterse en el papel, ante la imposibilidad de enseñar la hucha con fines recaudatorios, expone carteles amarillos y corta carriles con barreras rojiblancas rellenas de hormigón, lo cual me hace sentir como si deambulara por los alrededores del Vicente Calderón. En los semáforos siento el irrefrenable impulso de mirarme en el reflejo de los escaparates para comprobar que no voy vestida como las  trabajadoras que frecuentan esta conocida zona de desahogo para colchoneros.

Como bien decía, no hay parisinos, sólo turistas e inmigrantes como yo. Este evento convierte por unas semanas la ciudad de París en un plató de los Universal Studios o de cualquier otro conglomerado de decorados cinematográficos. Cuando paso por delante de la catedral de Notre Dame de Victor Hugo, me pregunto si no es una réplica de cartón piedra la que luce frente al Petit Pont. Total, a los japoneses sólo les importa el “Yo estuve allí”, hasta son capaces de sacarle un ojo a un compatriota, a pesar de las dificultades que conlleva su morfología facial, con tal de que salgan sus monturas de pasta delante de tal monumento. Algunos incluso hacen ofrendas a Pikachu para que el jorobado asome la cabeza por una de sus vidrieras llenas de mugre y revalorice la foto. El ayuntamiento se está planteando contratar al Quasimodo que trabaja en Disneyland, así éste se saca unas perrillas, que con esto de la crisis y con lo feo que es, tiene que hacer horas extras para irse de p…

El caso es que esta ciudad no se está tan mal. Sí, lo sé, lo digo porque este fin de semana a sido uno veraniego de verdad, de esos en los que se te mueren las plantas. De los de Barcelona o Madrid. Algo sospechoso teniendo en cuenta que llevamos desde mayo del 2011 con temperaturas por debajo de los 20°. Para mi que han sobornado al Anticiclón por si acaso a los del COI les daba por hacernos una visita. Hasta los fenómenos meteorológicos han caído en el cohecho. Estaban desesperados por ganar París 2020, angelitos, creo que no entendieron que si las falsificaciones chinas han llegado a ser el equipamiento oficial de los JJOO es porque las reglas de juego han cambiado: ya no hay.

Por suerte para los ciclámenes, nuestra amiga la Borrasca, tiene principios más sólidos que los de Rajoy, así que, he vuelto a poner mi chubasquero de caperucita roja en el perchero de la entrada.

Lo que daría yo por una Horchata de Chufa…

El Mundo a -10°



Manga corta, series a lo Miami Beach en La2 y una larga siesta después de comerme una sandía fresquita. La vida parece otra porque el mundo ya no es el mismo. En realidad vengo de abandonar una ciudad donde lo menos importante era esquivar la placas de hielo, más que nada porque no había. El hielo estaba en formato punta redondeada-base plana; gracias a IKEA forma de cruz o de osito. Como mucho, sabor a fresa y lima tropical, pero ver el hielo en forma de escupitajo, chorro de agua de alcantarilla y pis de perro, francamente, se me hace duro. Nací en Madrid y supe lo que eran los bajo cero en las paradas de autobús. Las aventuras en Barcelona, donde hace más calor que en el sur, han borrado de mi sistema límbico lo poco que me gusta pasar frío. Ahora el de París me ha hecho reflexionar y valorar la de cosas que se pueden hacer viviendo en el sur en una playa del norte…