Mejor soñar que vivir.


La-Buena-New-York

Siguiendo con la rutina de no tener rutina, estoy intentando aprovechar cualquier momento en el que se aúnan los diferentes elementos que hacen de una situación, idónea para consagrarla a realizar una tarea en concreto. Entre otras, limpiar la parte trasera de los radiadores, poner lavadoras, pasar el plumero por los recónditos sitios de nuestro apartamento y hacer cupcakes con el ánimo de encarnar a aquella mujer que aparecía en los carteles publicitarios de los años 50. Años en los que Moulinex decía haber liberado a la mujer con su oferta de electrodomésticos. También doy paseos en bici recorriendo las paradas de metro por las que, cuando mi estatus de proletaria, pasaba sin bajarme. Esto me hace llegar bastante cansada y soñar cosas como las que vienen a continuación:

Estoy echando una siesta apacible en lo alto de una colina, hecha una croqueta culo en pompa incluido, sobre una manto de césped bien entretenido con su verde Plastidecor y sus margaritas de estambres amarillos. Me despierto poco a poco abriendo el rabillo del ojo, pero con mi cuerpo todavía dominado por el sueño y dejándome llevar por este estado ebrio de quiero y no puedo en el que la impotencia nunca me había hecho sentir tan bien. Legaña del ojo izquierdo fuera, legaña del ojo derecho en paradero desconocido. Me levanto sobre mis manos, siempre con el culo en pompa, elevo la vista hacía la derecha sabiendo que he soñado algo bonito pero sin acordarme de qué. Esto me da una risa tonta retrasando que me percate de la inmensa torre de alta tensión que se erige ante mi.

—¡Hostia! No sé cómo no me ha salido un tercer ojo durante la siesta con tanto campo electromagnético—dije al tiempo que me sacudía los pantalones— . ¡Aaaaaaaa chús! Uy qué cosa más rara. Juraría que cuando estornudo nunca veo nada porque cierro los ojos del espasmo, pero esta vez he visto un perro corriendo entre las patas de la torre mientras lo hacía —quise reflexionar sobre esto rascándome la frente, pero me metí el dedo en el ojo.

El tercer ojo estaba aquí, había brotado en mi frente como me temía.

Me giré dando la espalda a la torre que me había convertido en trividente y me encontré con un paisaje epustuflante (no lo busquéis en  el diccionario):

Una calle empinadísima de Nueva York, diría que perteneciente a una ilustración Art Déco de mediados del siglo XX, descendía en forma de río hacía el mar. Con sus Rolls-Royce aparcados a ambos lados de la acera, en la puerta de una fila de casas de colores que marcaban el comienzo de una calle abocada a un conglomerado de gigantescos y alargados rascacielos. Es el atardecer, bueno, en realidad es el anochecer. Los tonos violetas y anaranjados del cielo se funden con la luz también incandescente de las bombillas eléctricas. Sólo los rascacielos y los coches están en blanco y negro. Me quedo varios minutos observando el cambio de traje de la ciudad diciéndome —tengo que poner esto en Instagram —sin dejar de suspirar. Unas mujeres con femeninos vestidos hablando de sus cosas y riendo y unos niños correteando alrededor del señor de los helados al ritmo de la música, crean un ambiente elegante y divertido a la vez. El aire salado y húmedo que respiro trae esa felicidad exquisita a mi ánimo. Sonrío otra vez. Es la hora de cenar de una tarde de verano.

Una antigua Volkswagen Caravelle  de color verde pistacho sube como una bala la cuesta en cuya cima me encuentro, emitiendo nubes de monóxido de carbono delineadas a Rotring. Haciendo un trompo, frena y aparca delante de mi. En su lateral están escritas las siglas “NYGD” y debajo en pequeñito “New York Gardening Department”.

Se abre la puerta y no sale nadie. De pronto veo unos piececillos pegados a dos  cuerpos rechonchos e idénticos que me gritan con entusiasmo mientras avanzan hacia mi a la par:

—¡Letty! ¿Hace mucho que esperas?

—No, no, qué va, me acabo de levantar de la siesta.

—Ah genial, no estábamos seguros de cuánto tardarías en venir desde tu lavadora, como es de carga superior y no frontal, pensamos que quizás llevaría más tiempo coger impulso y pasar al otro lado.

—No, no, creo que unos noventa minutos ¡Cómo todas!

—Genial, pues sube a la furgoneta, que el tío Gilito nos está esperando para cenar.

—¿Qué tal está el tío Gilito? ¿en qué negocios anda ahora?

—Bien, bien, como siempre, ahora está en esto de los microcréditos ¿sabes? para ayudar a gente pobre a prosperar.

—Ah! Sí? Pues ya me parece raro que no tenga truco esto de los microcréditos viniendo de él.

—Bueno, cómo todo, tu ya me entiendes, nada es lo que parece—dijo con resignación—. …en fin…hay tortilla de patatas para cenar, con ensalada, choricitos y zumo de naranja natural ¿te gusta?

—¡Me encanta! oye, una cosa, ¿podríais decirme cómo volver a este sitio?, es que me gusta mucho, quiero hacerle una foto para subirla a Instagram y he olvidado mi móvil.

—No te preocupes, puedes venir mañana. Te dejamos la camioneta y te vienes. La guardia les toca a los Smiths así que nadie te molestará por la radio. Si te para la poli, les dices que trabajas con nosotros en la “New York Gardening Department” en la sección de “Urgencias Vegetales” y que vas a cubrir una urgencia en lo alto de la colina, que una buganvilla está intentando suicidarse haciendo caer sus flores y que tienes que subir a impedírselo inmediatamente.

—¡Vale! Seguro que con lo estresada que estoy ya,  parezco creíble. Vendré sobre esta hora, a ver si encuentro otras dimensiones que descubrir en el reflejo de los cristales de los edificios.

—Buena idea, si necesitas algo nos llamas.

                                        FIN

Después me desperté, pensando en el increíble paisaje que había visto, le conté al hombre con el que vivo en concubinato todo lo que me había pasado durante mi viaje interestelar entre dos mundos a través de nuestra lavadora de carga superior. Cómo siempre me dijo —Si Freud estuviera vivo, no creo que le encontrara sentido a tus sueños —mientras se partía de risa—aunque en el fondo, eso me mola.

Luego me levanté torpemente, me preparé el desayuno y abrí el canal de noticias para ver la última edición en diferido. Leyendo un titular del día me dieron ganas de volverme a meterme en la cama para seguir vagando por universos imaginarios:

Un neo-nazi de origen gaditano y criado en Francia, había asesinado a un antifascista francés en una venta privada de Fred Perry en París.

Efectivamente, la realidad supera la ficción en términos de sinsentido.

En mis sueños me siento como un pequinés en Pekín.

En la sociedad actual no soy más que una ingenua que se pregunta por qué tiene que dejarse seducir por el bombardeo indiscriminado de anuncios de lencería de baño, si este año no habrá verano.